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14 de febrero de 2021

Vacunación: desigualdad global y privilegios, “LA ÉTICA DE LA JERINGA”

“La división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder”.

Eduardo Galeano Y  vos me decís que de esta el mundo saldrá más solidario, más justo, más igualitario? Perdona que te lo diga con toda crudeza: eres un iluso, un soñador fuera de toda realidad. ¡No señor!, de esta pandemia no saldremos mejores, saldremos peores, mostrando en carne viva el emergente de nuestras miserias, cambiando solidaridad por desvergüenza, igualdad por privilegio, haciendo la política del “sálvese quien pueda”.

Cuando comenzó la pandemia, muchos auguraron un nuevo tiempo de bondad, de solidaridad, de convivencia justa. Pocos imaginaron (me encuentro entre ellos) que a menos de un año se manifestarían las peores muestras de insolidaridad. Lo escribí en un artículo en abril de 2020, ejemplifiqué con la pandemia de gripe española a fines de la primera guerra mundial, que dejó como saldo más de 50 millones de muertos, lo que no impidió que el orbe se involucrara, veinte años después, en otra guerra mundial, la segunda, tan cruenta y mortífera. No habíamos aprendido nada.

Las vacunas, que representarían teóricamente la solución para la crisis sanitaria, trajeron consigo una peor, la crisis ética, ese comportamiento egoísta que se emergió en los seres humanos con poder de los países ricos y no tanto, que dieron por tierra con cualquier principio de igualdad global, entendiendo que “la caridad bien entendida empieza por casa”.

De nada sirvieron la ONU, la OEA, la OMS, y cuánto organismo multilateral pulula por allí. Los países ricos se apoderaron de las primeras remesas de vacunas y nada les impide continuar sin pausas con esta estafa moral al orden mundial justo. Apenas intentos tibios y de resultados inciertos de la OMS y de la Cruz Roja para formar un fondo de vacunas para los países más débiles.

Pese a las continuas advertencias para lograr una distribución equitativa de la vacuna, la realidad ofrece datos estremecedores. Según evaluación de fines de enero, el orden en el número de vacunados está encabezado por Estados Unidos, seguido de China, Reino Unido, Israel, Emiratos Árabes, Italia, Alemania, Rusia y España. En África, “a Guinea le tocaron 25, no 25 millones, no 25.000, solo 25 vacunas”, se lamentó el director general de la OMS, Tedros Ghebreyesus.

De acuerdo con estudios privados, el mapa mundial de la vacunación se corresponde con el mapa de la pobreza. En el sito elordenmundial.com se puede ver el mapamundi respecto a las fechas en las que se espera una disponibilidad amplia de las vacunas en los distintos países y regiones: a finales de 2021, para Estados Unidos y Unión Europea; a mediados de 2022, para parte de Sudamérica (Argentina, Brasil, Chile), Rusia, Australia, etc.; a finales de 2022, para China, India, etc.; y desde 2023 en adelante, recién le tocará a casi toda África, algunos países de Asia y otros tantos de Sudamérica (Bolivia, Paraguay, etc.).

Lo cierto es que, países como Estados Unidos e Inglaterra, miraron hacia adentro y poco les importó el resto. Con su poder de compra, de lobby y, también, por qué no reconocerlo, de inversión en investigación, acapararon la mayor parte de las vacunas “occidentales”.

Rusia y China, ejerciendo la diplomacia de la jeringuilla, miraron a los países menos desarrollados (entre ellos a la Argentina) y negociaron con ellos, luego de que sus vacunas lentamente se fueran posicionando como confiables. Hoy avanzan en el mercado y esperan obtener frutos no solo económicos sino también geopolíticos para el futuro.

Así las cosas, sin dudas que de esta tremenda catástrofe el orden mundial saldrá debilitado, demostrando, una vez más, su incapacidad para establecer parámetros de justicia, trato igualitario y solidaridad cuando están en juego los intereses de los países

Tengo por cierto que la solidaridad no es un hecho de la naturaleza, no es que somos solidarios como somos mamíferos. La solidaridad es una aspiración que se conquista todos los días y para practicarla debemos ejercer un componente volitivo esencial: somos solidarios porque queremos serlo. Es una opción moral, no un hecho natural, y en esta oportunidad los países y sus gobiernos optaron por el extremo opuesto de la escala ética: el egoísmo.

Qué le explicaríamos hoy a Albert Sabin, inventor de la vacuna oral contra la poliomielitis, que expresara: “Muchos insistieron en que patentara la vacuna, pero no quise hacerlo. Este es mi regalo para todos los niños del mundo”.

Mirando hacia adentro de los países, sus élites tuvieron el mismo comportamiento, bajo la pátina engañosa de la virtud. Los parámetros del ordenamiento vacunatorio fueron dos: actividad de riesgo (personal sanitario, de seguridad, etc.) y grado de vulnerabilidad (edad y comorbilidades). En ninguno de los dos encajan ni los funcionarios ni los ricos y famosos, pero se vacunaron sin embargo.

“Generar confianza” fue el pretexto con que los políticos se colaron en los primeros lugares, en clara subestimación a la inteligencia de la gente, que reclamaba trasparencia y pruebas científicas, no la patética escena de ver con la manga levantada para recibir el pinchazo al presidente, a la vicepresidenta, a gobernadores, intendentes, legisladores, mientras los viejitos y los enfermos los miraban con desconcierto. No es cuestión de números sino de ejemplos.

Así es que se fue constituyendo una nueva clase privilegiada de orden temporal, la de los vacunados prematuramente, esos que se las arreglaron para adelantarse en la fila que pacientemente realizan los comunes mortales. Allí se podrán encontrar a los dueños del poder, a algunos de sus familiares, a conocidos y famosos, a viajeros con alto poder adquisitivo que se inocularon en lugares de veraneo, etc.

El orden mundial, los países, sus clases dirigenciales, perdieron una gran oportunidad de mostrar que algo había cambiado para bien, que la solidaridad bien entendida no es la que empieza por casa sino la que reparte justicia en vez de privilegio, transparencia en vez de acomodo, empatía en vez de egoísmo, igualdad en vez discriminación.

No hubo intentos de regulación global en la distribución de vacunas, no les interesó a los países con mayor peso en el contexto mundial. Pero tampoco existen normas u organismos en el interior de los países para poder alcanzar el respeto de las prioridades de inmunización.

Internamente, perdimos la gran oportunidad de crear un observatorio de la vacunación, con integración insospechada de personas y organismos intachables, para que vigile la estricta observancia de las normas preestablecidas y evite que las élites aprovechen, con cualquier argumento, para avasallar los derechos de los ciudadanos.

Que la ética de la jeringa no siga pasando por el dinero, por el poder, y por el egoísmo.

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