Martes 3 de Agosto de 2021

21 de marzo de 2021

“La vicepresidenta quiere que la misma Justicia la libere de culpa y cargo”.

Martín Soria, ministro de Justicia: Waterloo constituyó la última y definitiva derrota del emperador Napoleón el 18 de junio de 1815, antesala de su rendición, tras la cual fue desterrado a la remota isla de Santa Elena. Traemos a cuento la mencionada batalla porque ha servido para integrar una frase proverbial que se utiliza cuando alguien ha sufrido un revés definitivo del que es más que dudoso que llegue a recuperarse nunca.

La renuncia de Marcela Losardo, una de las pocas funcionarias del riñón del presidente, que compartió amistad y sociedad jurídica durante muchos años con el mismo, constituye la caída, quizás final, del último bastión albertista, que no aguantó el embate y terminó por entregar su alfil más preciado. Lo paradójico es que ha capitulado ante tropa que se supone amiga.

Antes de la asunción de Alberto Fernández, teniendo en cuenta que llegaba a la Rosada sin consistencia política propia, pronostiqué que sería un presidente que iría paulatinamente construyendo poder a través del uso de la lapicera y haciendo alianzas con sectores del peronismo tradicional, con intendentes y con gobernadores.

Pero me equivoqué de medio a medio, porque el presidente no actuó como lo haría el promedio de los políticos, esos que son puestos a dedo en un cargo electivo por el líder, pero que, puestos a gobernar, desean hacerlo con su propia impronta y dejando su sello distintivo.

Desde el comienzo, Fernández obró como mero mandatario de Cristina, como su dependiente, aunque ello tardó en manifestarse con claridad por el telón de la pandemia. Pasado el tiempo, hoy no duda ni disimula su condición de presidente colonizado. Es más, desde el riñón cristinista dicen de su desesperación por dar cuenta de todo a la vicepresidenta, aun de muchos temas que ni siquiera entran en el radar de Cristina.

Lo cierto es que se encuentra absolutamente resignado a representar un papel felpudesco sin disimulo, principalmente ahora que las papas queman para la salud judicial de su mandante, con el avance sin prisa pero sin pausa de las causas por corrupción.

Marcela Losardo fue siempre una funcionaria muy legalista para el gusto kirchnerista, nunca habló de la teoría del “lawfare”, tampoco encabezó una caza de jueces no amigos, representó más bien la corrección institucional que se supone en poderes independientes.

Su nuevo ministro de Justicia, Martín Soria, es un abonado a la teoría “lawferista”, ese invento seudojurídico pergeñado en el Instituto Patria, que traducido al castellano más castizo significa “doctrina para zafar”.

Pero el cambio de ministro no constituye simplemente un cambio de funcionario, sino fundamentalmente la instalación de la estrategia final, desesperada, última, para “convencer” a la Justicia de la inocencia de Cristina y su gente a como dé lugar.

Sin abandono del ejercicio del “lobby” larvado ante los estrados, ahora llega el método de la acción directa.

Ya no interesa que la eliminación de las causas de corrupción tenga apariencia de sentencia justa; lo que importan son los resultados, esos que no llegaron con la corrección en las formas. Para cumplir esa función, en la titularidad del ministerio reemplazaron la diplomacia formal por la crudeza directa.

El ministro, en un reconocimiento explícito del mandato recibido y de su verdadera función en el cargo, expresó: “La vicepresidenta quiere que la misma Justicia la libere de culpa y cargo”. No viene a administrar un ministerio para los argentinos, viene a amedrentar a los jueces.

El novel funcionario no se anda con vueltas, es directo, obediente a los mandos y despojado de las molestas formas de la república. Un político de su misma trinchera, el exgobernador Alberto Weretilneck, lo definió muy claramente: “Soria es una persona violenta, muy agresiva e incapaz de generar un diálogo positivo”.

Es así que en la Argentina de hoy todas las caretas han caído, los telones levantados, los disfraces despojados, las apariencias esfumadas. Ha llegado la Argentina directa, la del derecho viejo, la del palo y a la bolsa.

Con Soria, la vicepresidenta ha dejado explícito que está más que dispuesta a arrancarle de un tirón la venda a la dama de la justicia, a gritarle en la cara, a tomarla de las solapas y obligarla a hacer su voluntad, a falsear su balanza sin disimulo, agregándole peso propio al platillo de la impunidad.

Todo el arco político, las instituciones, los tres poderes, la sociedad no están sujetos a la vacunación como deberían, no es el tema principal, sino a los caprichos y propósitos de alguien que está acusada de graves delitos de corrupción y no quiere terminar tras las rejas. 

Si Copérnico volviera a nacer, sabría que su teoría heliocéntrica ha sido reemplazada en Argentina por una mucho más poderosa y decisiva en su parámetro de atracción: el “cristinocentrismo”.

La cuestión es determinar si la república, gravemente herida por un Poder Ejecutivo colonizado y un Congreso virtualmente copado, mantiene un último reducto de legalidad en su Poder Judicial, si los jueces, los fiscales, las cámaras de juicio, la cámara de casación, la corte, se dejarán arrastrar, por temor u otros intereses, por el vendaval anti-lawferista que quiere hacer tabla rasa con todo vestigio de institucionalidad con tal de conseguir sus propósitos.

La Justicia no es un ámbito que ha descuidado Cristina. Tiene a su favor el Consejo de la Magistratura, que designa y remueve jueces; ha logrado desplazar a algunos magistrados que no le son leales, ha conseguido la designación de jueces amigos como la de su propio abogado, e instrumenta otra serie de piruetas jurídicas con el mismo propósito.

Sin embargo, Justicia Legítima (su agrupación en ese ámbito) no logra consolidarse ni copar totalmente los resortes judiciales, por lo que auguramos un final abierto donde la corte jugará un papel decisivo.  

Su monólogo días pasados ante los camaristas en una de sus causas, una exhibición de soberbia en estado puro, ha demostrado que no está dispuesta a capitular, que va a devolver golpe por golpe con tal de lograr sus propósitos, lo que es más, mucho más que lo que algunos otros están dispuestos a hacer para cumplir correctamente con sus funciones.

El escenario está montado, los actores han mostrado sus cartas -por lo menos algunos-, el público está inquieto, la obra tiene un final abierto.

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