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19 de septiembre de 2022

CRíMENES DEL TERRORISMO: Nuestros muertos sin memoria (II)

Nueve muertos y veintitrés heridos fue el saldo macabro del atentado terrorista del 12 de setiembre de 1976 en Rosario. La Justicia no investigó y la causa se declaró prescripta. Hoy, los autores materiales e intelectuales caminan libremente y escriben columnas contra el terrorismo de Sabag Montiel.

Por Jorge Eduardo Simonetti - jorgesimonetti.com

Especial para El Litoral

“La verdadera historia de los 70 es la historia de todas sus víctimas”.

Ceferino Reato, 

“Masacre en el comedor”

Qué es un país si no recuerda a todos las víctimas de la violencia política por igual? Un breve resumen de la denominada “Masacre de Rosario”, sucedida el 12 de setiembre de 1976 (fuentes: “Masacre en el comedor” de Ceferino Reato, Wikipedia y el sitio web Fiscales.gob.ar):

 

- Hace 46 años, un coche bomba de Montoneros destruyó un micro cargado de policías en Rosario. Mató a nueve uniformados e hirió a otros veintitrés. También murieron un fotógrafo social y su esposa, que viajaban detrás del ómnibus en un Renault 12.

El micro venía de la antigua cancha de Rosario Central, transportando policías que hicieron un servicio adicional en el partido entre el local y Unión de Santa Fe.

De acuerdo con testimonios aún vigentes, el transporte habría aminorado la marcha por el estado de calle Junín, cuando en la bocacalle con Rawson recibió en su parte media y a la izquierda el terrible impacto del artefacto guiado a control remoto a cien metros del fatal escenario.

Los policías muertos fueron jóvenes agentes y suboficiales; la mayoría, hijos de militantes peronistas e hinchas de Central que habían pedido ir al Gigante de Arroyito a vigilar el partido del equipo de sus amores.

“Yo venía sentado en la parte derecha del colectivo … Todos los que venían del lado izquierdo murieron. Fue una explosión tremenda. A mi me pegó un rulemán en la cara, otro me partió el casco y me rompió el cráneo”, dijo Omar Olivera.

“Me acuerdo de un muchacho que estaba prácticamente destrozado … me preguntaba si iba a morir. Yo le decía que no, pero tenía todas las tripas afuera” (Omar Olivera).

Los cuerpos quedaron tan destrozados porque Montoneros utilizó también bolas de acero y clavos, que al momento de la explosión salieron despedidos en una ráfaga que mutiló a todas las personas en su radio de muerte. Esas bombas tenían un nombre: vietnamita, y el objetivo era sembrar un terror adicional.

La masacre de Rosario fue un hecho aberrante, cometido contra jóvenes uniformados distantes de toda represión estatal cometida por el terrorismo de estado de Jorge Rafael Videla. La mayoría de ellos no había cumplido los 40 años (Reato). Nada se investigó a pesar de la denuncia formulada por familiares de las víctimas en 2009 ante el Juzgado Federal de Rosario.

En 2020, la causa fue declarada prescripta debido a la interpretación judicial de que los hechos terroristas no constituyen delitos de lesa humanidad y en consecuencia no son imprescriptibles.

Mientras se cumplen cuarenta y seis años del terrible atentado, Mario Firmenich, el entonces jefe de la organización terrorista, devenido hoy en economista, afirma en una columna de opinión, publicada días pasados en la agencia Paco Urondo, que “la provocación terrorista para la guerra civil llega al repudiable intento de magnicidio contra la vicepresidenta de la Nación”. El chancho predicando higiene.

En mi columna publicada en el mes de junio, con motivo del atentado producido en el comedor de la Policía Federal en 1976, con el título “Nuestros muertos sin memoria”, formulé consideraciones que entiendo válidas para este recuerdo.

Como seres humanos, simplemente en nuestra condición de tales, no podemos permanecer impávidos ante la muerte, la masacre, la injusticia. Las víctimas nos lo reclaman, y “la verdadera historia de los 70 es la historia de todas sus víctimas” (Reato), de todas, no solo de una parte.

No podemos tener la pretensión de una nación sólida en tanto y en cuanto sus cimientos históricos no tengan un sentido de integralidad. Es que la grieta parte, precisamente, desde la estación del relato parcializado.

La parte conocida es la que le sirvió al kirchnerismo para su construcción política. La justicia, la memoria y la verdad se subordinaron a la nueva impronta, poniendo en valor una parte e invisibilizando la otra, la de la violencia guerrillera. 

Ninguna persona bien nacida puede dejar de considerar que en un régimen de derecho, es inadmisible que el estado secuestre, mate, torture, haga desaparecer. La única justicia humana es la legal y a ella debemos someternos. El terrorismo de Estado es el crimen más repudiable.

Sin embargo, un estado de derecho también supone medir con la vara de la justicia a todos los crímenes que se cometan, a todos. Los derechos humanos no son de derechas ni de izquierdas, forman parte del patrimonio de la condición humana.

Entonces, ¿qué nos pasó que amputamos una porción de la historia? ¿por qué no hablamos de la otra parte? ¿por qué el relato kirchnerista de Memoria, Verdad y Justicia arrastró a casi todos los partidos políticos, a gran parte de la sociedad, a los poderes democráticos? ¿Por qué elegimos a unas víctimas en desmedro de otras? ¿Por qué la memoria se hizo selectiva, la verdad parcializada, la justicia complaciente?

Mientras se enjuicia y condena a todos los partícipes de los crímenes cometidos desde el terrorismo de estado, las víctimas de del terrorismo guerrillero seguirán revolviéndose en sus tumbas, porque ninguno de sus autores fue enjuiciado y condenado, sus causas prescriptas y siguen transitando muy orondos por los caminos de nuestro castigado país.

Firmenich, Perdía, Verbistky, integrantes de la cúpula de Montoneros, no pueden morirse sin antes decirnos todo lo que hicieron, todo lo que saben. “No pueden estar en sus casas como jubilados que no han hecho nada”, dice Reato.

 

Sin embargo, es esta una estación más de la violencia de los setenta. Las heridas de entonces, a más de cuarenta años de producidas, jamás se cerrarán sobre la base de la impunidad. Ninguna nación puede reconstruirse a partir de ella.

La muerte por bombas, por tortura, por desaparición, por delitos, no tienen, no deberían tener, una justificación política. Matar en nombre del estado, haciendo alusión a una supuesta guerra, merece su castigo. Matar en nombre de una supuesta ideología, también.

Lamentablemente, la impunidad nace a partir de la interpretación judicial sobre la calificación de los delitos de “lesa humanidad”, a mi juicio totalmente errada, que permitió la amputación de esa otra parte de la historia.

La decisión de la Cámara Federal de Apelaciones, en cuanto ordena seguir investigando el atentado contra el comedor de la Policía Federal, abrió una luz de esperanza, que podría repetirse en este caso.

 

En lo penal, significa despojarse de los preconceptos pseudo jurídicos que conducen a medir las mismas situaciones con varas distintas. En lo histórico, reconstruir un pasado a partir de 

las víctimas, no de los victimarios. En lo humano, dar respuesta a familiares de tantos inocentes que cayeron víctimas de bombas y violencia, y que siguen esperando que sus victimarios no caminen libremente por el suelo patrio.

Queda expedito el sendero para que la historia se integre con una memoria no selectiva y que la verdad se abra camino entre los vericuetos de la oscuridad. 

Lo merecemos todos los argentinos, será una contribución para cerrar la grieta.

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