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23 de noviembre de 2022

JUGARRETA CRISTINISTA: Claroscuros

Con la muerte de un personaje polémico de la historia argentina contemporánea, comienza a vislumbrarse el comienzo del fin de la sociedad maniquea. Desde un legítimo y profundo dolor por el secuestro de sus hijos, su posición en materia de derechos humanos se fue sesgando políticamente, perdiendo así casi toda autoridad.

Por Jorge Eduardo Simonetti - jorgesimonetti.com

Especial para El Litoral

“Yo soy yo y mi circunstancia; si no la salvo a ella, no me salvo yo”

José Ortega y Gasset

Para opinar, ¿importan los preconceptos más que los hechos, o al revés? En la Argentina del siglo XXI, el maniqueísmo interpretativo sesga toda opinión, es lo que sucedió por estos días con Hebe Pastor de Bonafini, desde la insana alegría por su muerte hasta una enfermiza veneración.   

 

Pensando acerca de lo que escribiría sobre este polémico personaje de los últimos cuarenta años de la historia argentina, se me ocurrió hacer referencia a la frase de Ortega y Gasset que ilustra la portada: los seres humanos somos nosotros mismos y nuestra circunstancia.

Y en el tren de relacionar pensamientos, recordé una frase de John Lennon, que me gusta repetir: “la vida es aquello que te va sucediendo mientras estás ocupado haciendo otros planes”.

¿Tienen algo en común el filósofo y el beatle? A primera vista, no. Pero sendas frases, creo, definen la ontología de la vida misma, la de cada uno, la suya y la mía, la de Hebe, la de todos, puestos en el camino insondable de lo desconocido.

Es que, en algún punto, se unen el componente volitivo del ser humano, sus decisiones, con aquello que le es externo y que se encuentra, por tal razón, más allá de su dominio: las circunstancias.

 

Y es allí donde el madrileño y el de Liverpool hacen centro. Los seres humanos tenemos planes, propósitos, voluntad, pero estamos inmersos en un mundo que no manejamos absolutamente, en el que sólo optamos, a veces, en función de aquello que nos imponen las circunstancias.

Si todo fuera voluntad, seguramente la vida siempre nos sonreiría de acuerdo con las inclinaciones y sesgos de cada quién. Pero no estamos solos en el mundo, ni el mundo es sólo nuestro. Si tenemos fe religiosa, veremos la raíz trascendente de la vida humana en el Proverbio bíblico 16: “el hombre propone y dios dispone”.

Días pasados falleció Hebe Pastor de Bonafini, conocida como Hebe de Bonafini. En ella se hicieron traslúcidas las frases que comentamos, sobre todo a partir de un momento crucial de su vida.

Hebe era un ama de casa común y corriente, desinteresada en ese entonces de la política, de la economía, de la democracia y de la dictadura. No le interesaban, no era cuestión de ella, dijo.

 

 Sin embargo, a partir del secuestro por la dictadura militar de sus hijos Jorge Omar y Raúl Alfredo, en febrero y setiembre de 1977, cambió su vida para siempre. No fue, en ese entonces, su decisión. fueron las circunstancias que la vida le puso a su alrededor.

¿A qué persona bien nacida no puede conmoverla hasta sus cimientos la desaparición de sus hijos? A nadie. Desde entonces, Hebe de Bonafini ingresa a la esfera pública, no por propia voluntad sino impelida por las circunstancias.

Comenzó a participar de las caminatas en Plaza de Mayo, junto a otras madres de desaparecidos, en reclamo de la aparición con vida de sus hijos.

Lo que vino después, antes que a las circunstancias, que nunca dejan de estar presentes, fue más consecuencia de sus propias decisiones, que marcaron su camino y su historia, una historia plagada de luces y sombras.

 

Reconocida mundialmente por su lucha en defensa de los derechos humanos de los tiempos de los setenta, más temprano que tarde fue sesgando políticamente su conducta pública y demostrando, con claras señales, su temperamento indomable y violento.

Los derechos humanos no tienen, no deberían tener, ideología política, son propios de las personas por el sólo hecho de serlo, son universales, abarcativos, generosos. Es lo que no comprendió Hebe, o no quiso comprenderlo, ingresando en un camino que descubrió su verdadero temperamento intolerante.

La imborrable cicatriz que le estampó en el alma el terrorismo de estado con la desaparición de sus hijos, con el tiempo fue convirtiéndose en una especie de “bill de indemnidad” para hacer definiciones públicas y adoptar conductas que, mínimamente, resultaron limítrofes con el delito y con actitudes incompatibles con aquello que ella representaba para el mundo.

No fue, de tal modo, una representante de todas las víctimas de la violencia política, su mensaje se fue sesgando paulatinamente hasta convertirse en un instrumento del oportunismo político de los Kirchner. No hesitó, para cumplir su cometido, en convertir a su organización, Madres de Plaza de Mayo, en apéndice de la pareja del sur, que en los tiempos de plomo ejecutaba deudores.

No apoyó la valentía de Raúl Alfonsín, que a cinco días de asumir ordenó el juzgamiento de las Juntas Militares, prefirió cantarle loas a Néstor Kirchner que a veinte años de concluida la dictadura, ordenó bajar los cuadros de los militares.

Ni qué decir de sus pronunciamientos antisemitas, su alegría por el atentado con muchos muertos en las Torres Gemelas, su admiración por la Eta y por cuánto dictador latinoamericano pulule por el continente, su incitación a tomar el palacio de los tribunales y desalojar a la Corte Suprema.

Creo que Hebe ha hecho y ha dicho todo aquello que a cualquier argentino le hubiera costado la cárcel. Pero a ella no, lo sabía y de ello se valía. El negociado lamentable de “Sueños Compartidos”, en el que hubo un desfalco de fondos públicos de cientos de millones de dólares entregados por el gobierno a Madres, es el símbolo de que Hebe estaba también blindada contra las consecuencias penales de la corrupción pública.

 Tampoco mostró coherencia política en sus actitudes, la realidad es que todo lo bueno y lo malo pasaba para ella por la díada amigo/enemigo. Milani, acusado de delitos de lesa humanidad, tuvo en Hebe su patética defensora. El recordado reportaje de “la madre y el general”, difundido por la TV pública, fue la demostración más cabal de que “a los enemigos ni justicia” (como dijera el general), pero “a los amigos, impunidad”.

 

 Nadie puede quitarle a Hebe de Bonafini su legitimación para encabezar sus reclamos de memoria, verdad y justicia por las víctimas del terrorismo de estado, tampoco nadie puede despojarla de su alienación política que la llevó a comportarse y defender causas y asuntos que viajaban en sentido contrario.

Fiel representante de la posverdad, ese neologismo que implica la distorsión deliberada de una realidad en la que priman las emociones y las creencias personales frente a los hechos objetivos, con el fin de modelar la opinión pública, Hebe fue una luchadora tenaz para defender “su verdad”, esa posverdad del relato kirchnerista.

A partir del desgraciado hecho del secuestro de sus hijos, Hebe de Bonafini se cansó de sembrar vientos de intolerancia y agresividad que le volvieron en tempestades de odio.

Que su deceso no sea en vano, nos sirva a los argentinos para reflexionar seriamente sobre nosotros y nuestra circunstancia. Nunca sacrificar la verdad, pero siempre también apreciar la verdad ajena.

 

Creo que su muerte, es el comienzo del fin de una etapa muy larga y oscura en la historia argentina contemporánea.

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